La dictadura del ego y el retorno al hogar.

La naturaleza de la mente es estar calmada, por eso nos deleitamos cuando una sesión de meditación nos sitúa en un estrato más profundo que el de los pensamientos.

Pero la mayor parte del tiempo nuestra mente se deja arrastrar por las impresiones de los sentidos, los cuales provocan a nuestras emociones, y estas empañan la mente, filtrando nuestra experiencia, tiñéndola según el color de la emoción presente en ese momento: tristeza, enfado, angustia, alegría, bienestar, etc.

Somos como el inversor en la bolsa de valores que ha comprado acciones y se ha convertido en un esclavo del señor mercado, cuando estas suben él se alegra eufórico, cuando estas bajan y ve que empieza a perder, aterrado, se apresura a vender, pero justo cuando ha vendido empiezan a subir, se siente un estúpido y desesperado vuelve a comprar para no perder ese negocio, pero el precio fluctúa con demasiada frecuencia en el mercado como para que él pueda descansar tranquilo.

Sin embargo el propietario de una casa en la que él habita y le da satisfacciones no anda mirando las revistas inmobiliarias para vigilar las fluctuaciones del mercado de bienes raíces. Su casa constantemente sube y baja de precio a lo largo de los años, pero a él no le importa, porque él la compró para vivirla, no como un negocio.

Afortunadamente los seres humanos en realidad somos como este último y no como el especulador de bolsas, pues el estado natural de nuestra mente es la calma, como plantea el Zen, ya estamos iluminados, lo único que tenemos que hacer es darnos cuenta.

Pero a pesar de habitar en nuestra propia casa reaccionamos constantemente a las fluctuaciones emocionales, subimos y bajamos nuestro ánimo constantemente, momento a momento, tamizada la experiencia por estados transitorios y sin importancia y que además no nos pertenecen, que así como llegan se van, para dar entrada a otros.

Reconocer que ya estamos iluminados debería inducirnos a actuar como propietarios de una casa y no como especulador de bolsa, observar nuestros pensamientos y emociones, verlos venir, llegar y marcharse, sin reaccionar ante ellos, sin juzgarlos, como si fueran nubes en el cielo, y experimentaremos esa paz mental única que da el retorno a casa después de un agotador y largo viaje.

Ricardo Martínez Velázquez

Editor de Ciudad Consciente

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