Instrucciones para la meditación (cuento)

Pero ¿de dónde vienen los pensamientos?, ¿cuál es su origen?, me enredo en divagaciones mentales de ese tipo y a cuestionar si existe el yo o todo está vacío; bueno en esto se me aparece Jesucristo, que me ofrece uno de sus milagros, me dice que se le dan muy bien…

Me siento en en una postura cómoda, Padmasana si es posible, o la mitad de eso. El incienso ya está encendido, ni de patchouli ni de mariguana, por favor. Mejor uno de esos asiáticos, hecho de esas flores raras con nombres como de lama del Tibet: Nag Champa, por ejemplo.

Comienzo a respirar, no sé si concentrarme o hacer Vipassana. Bueno, presto atención a mi respiración. Me voy relajando poco a poco, se entumece mi cuerpo, una sensación placentera me invade, es interrumpida por un claxon en la calle, lo escucho diluirse poco a poco, no le pongo nombre en mi mente, no me imagino que ha sido un coche tampoco, escucho el sonido puro, tal cual es, sin etiquetas, me siento orgulloso de mi mismo por esta proeza, anoto mentalmente ese sentimiento, no lo apruebo, no lo juzgo, simplemente lo dejo estar y se va diluyendo como el claxon.

Una vecina llama a su hijo que está en la calle, en voz alta, asomada a la ventana. Eso me irrita, la sensación es llameante, en el centro del pecho, porque la vecina insiste en llamar al puñetero Antoñito, y el niño en que ya va, pero no le hace caso. Mi irritación crece y crece, pero la observo en mi pecho, no la apruebo, no la juzgo, la dejo crecer y luego se va diluyendo poco a poco, a medida que madre e hijo también vuelven a unos quehaceres más silenciosos.

Todo es transitorio, me digo, después de percibir los fenómenos del claxon y el de Antoñito y su mamá. Registro ese pensamiento y me alegro de que estoy aprendiendo algo del Dharma en mi propia experiencia, no sólo es teoría. Empiezo a hacerme pajas mentales sobre la ecuanimidad mental que lograré en el futuro, un futuro en el que sin importar los dardos que vengan de fuera yo permaneceré impasible y lejos del sufrimiento, purificado de reacciones automáticas y demás. Me doy cuenta de que estoy fantaseando, lo registro en mi mente como “dispersión”, no lo apruebo, tampoco lo juzgo, lo dejo estar “let it be” como dice Mother Mary, pero ese mismo pensamiento me lleva a pensar en María, la Virgen, y en esa relajación la percibo más y más diáfana y hermosa, los brazos abiertos, lista para darme la bendición; me doy cuenta de eso y hago como que soplo en el aire, María se diluye poco a poco, transitoria imagen también.

Si al menos fuera Budha…, pensé; un momento, ahí viene el Budha, se me aparece más lúcido que la Virgen, y “más sabio”, me alegro, pero dicen por ahí: “si ves al Budha, mátalo”. Lo dejé un rato en mi cabeza con sus ojos entornados, mirando hacia adentro; una tez pálida y asiática, color de fondo de su rostro relajado y sus ojos rasgados, pero también se desvanece poco a poco…¡aaaay la transitoriedad!

Entonces pienso que de dónde me vienen tantos pensamientos e ilusiones, me pica la rodilla, tengo ganas de rascarme, siento el impulso automático de eliminar esa molestia, me aguanto y no me rasco, pero el mismo picor lo siento en la cara, más intenso aún, aguanto como un campeón y ambas sensaciones se van diluyendo hasta que las olvido.

pienso en qué comeré para la cena…pero ¿de dónde vienen los pensamientos?, ¿cuál es su origen?, me enredo en divagaciones mentales de ese tipo y a cuestionar si existe el yo o todo está vacío, bueno en esto se me aparece Jesucristo, que me ofrece uno de sus milagros, me dice que se le dan muy bien… sus brazos abiertos, como su madre, dispuestos a recibirme y sus labios pronunciaban grandes palabras. Sus ojos compasivos miran hacia afuera, no como los del Budha, me miran a mí…otra vez me doy cuenta de que divago y se diluye la imagen sagrada, poco a poco. Transitorio todo, pienso, y registro este pensar, vuelvo a la respiración, le presto una cuidadosa atención a todo su proceso. Más ruido de la calle y de mi mente que dejo pasar, más pensamientos y sensaciones que se desvanecen como nubes en el cielo, hasta que me doy cuenta de que se ha cumplido el tiempo que me he prefijado.

Después de este vagabundeo dhármico y tanta transitoriedad y vacuidad detectada, regreso a lo cotidiano, dudando un poco más de la substancialidad mía, la de mi gato, la de Antoñito y su madre, la de los coches de la calle, la de mi mente, la del Budha, la de la Virgen y su Hijo, la de quien haya leído hasta aquí y me voy a preparar la cena para sostenerla.

Ricardo Martínez
Editor

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