Esther y las Pléyades (basado en las 7 leyes espirituales del Éxito, de Deepak Chopra)

 

Capítulo Primero

Esta es la historia de una estrella que al quedarse dormida dejó de levitar y
descendió a la Tierra.  Al principio se sentía extraña pues al cambiar de dimensión, también cambió de forma. Ya no tenía puntas, sino manos y su brillo se transformó en carne. Su alimento ya no era polvo estelar, sino leche que emanaba de una fuente cálida y cuando le faltaba, de esas ventanas por las que se asomaba al mundo donde fue nacida, brotaban lágrimas. Y la llamaron Esther.

Escucha este cuento narrado por la autora:

 

Con el tiempo pronunció balbuceos como tengo frío, hambre, sueño y todas las
necesidades que acudían a su nuevo cuerpo. También aprendió a caminar, cosa
que a la estrella le llevó más de un año, pero ¿qué era un año comparado con la
eternidad?

Y así creció, estrenando zapatos, libros y mandarinas, mientras su madre le
hacía vestidos de colores y le peinaba trenzas. Aprendió también a jugar en el recreo y a obedecer las reglas. Y a la par que el tiempo pasaba, el firmamento al que perteneció se fue desvaneciendo en su memoria dejando en su lugar un hueco incomprensible. Entonces la tristeza se instaló en ella sin permitirle brillar, levitar, gozar. Las personas opacas de su barrio no podían ayudarla ya que iban de acá para allá, sin saber el propósito de sus vidas. Tenían información sí, aunque caótica
gracias a la bruma interna que todo lo envolvía.

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INFIMALARIO I: El planeta de las historias ínfimas

– Ya sé lo que pasa-sintió-. Aquí falta luz. Pero, ¿cómo dárnosla? ¿Dónde
está el interruptor que albergará el milagro para hacernos felices?
Y a fuerza de mucho pensar, una mañana cualquiera entre sueño y vigilia, la
frase se asomó a la mente de la niña. Hay leyes para apresar y leyes para
liberar. Brillar, levitar, gozar, mantenerse despiertos para seguir flotando.
– Estar despierta, brillar… ¿Y con qué ley se conseguirá? -se dijo a sí
misma en voz alta. E intuyó que si conseguía atraer eso a su vida podría
llenar el vacío de su alma.

Y con esta nueva esperanza, saltó de la cama.

– Anda, cabecita loca, termínate las galletas y ponte los zapatos que vas a
llegar tarde-le dijo su madre acariciando con mimo su melena de fuego.
Y fue una sensación tan buena que una sonrisa asomó a los labios de la niña
mientras se abrochaba los botones del abrigo, pues comprendió que el amor
ayudaba a elevarse dando brillo a la mirada.

 

Al cruzar el parque camino del colegio, le llamó la atención una charla entre dos
ancianos mientras uno, asomado al estanque de los patos, rebuscaba
compungido con un palo entre sus aguas:

– ¿Qué buscas?- dijo el uno.

– Mi barco naufragado- contestó el otro.

– ¿Contra qué chocaste?- volvió a preguntar el uno.

– Contra mí mismo- volvió a responder el otro. No respeté la ley.

– ¿De qué ley hablas?

– De la ley del Universo-respondió molesto el del palo.
Otra vez la ley. ¿Sería una señal?

– Chocar contra uno mismo-pensó-Así que hay muros escondidos en algún
lugar dentro de nosotros ¡Qué curioso! ¡Pues yo tengo que aprender a
derribarlos!-se dijo convencida de que aquello tenía que ver con el vacío
de su corazón.

Al llegar a clase, se sentó en el pupitre y tomó nota de lo aprendido en el parque,
pues de sobra conocía lo distraída que era y no quería olvidarlo. Como decía su
madre, tenía la cabeza a pájaros… ¡O a estrellas!

Al poco, un mediodía en que fue a comprar el pan, recorrió la mirada por la tienda
de ultramarinos pues siempre se le hacía la boca agua viendo las chucherías
desde el escaparate y al igual que el resto de los niños, le gustaba pegar la nariz
contra el cristal deleitándose con futuros sabores y texturas. Entonces reparó en él, un cartel a cuatro tintas colgado en una pared del fondo. Esto es lo que rezaba
en él:

– ¿Qué comes?.

– Sopa cuántica.

– ¿Y a qué sabe?.

– A sueños realizados.

¡Sueños realizados! Seguro que sabrían a gloria. Con tan sólo pensarlo, se
relamía por dentro. Gozar, levitar, brillar, sonaba sin descanso la musiquilla en
su fuero interno. Sus pies bailaron inquietos y se adivinó más liviana pues
parecía querer levantarse del suelo. Y así, elevándose un poco, entró en la tienda
y apareció ante sus ojos la etiqueta de un bote en conserva que estaba de
promoción.

– ¿Te gusta la sopa?- preguntó la señora Electra mientras pesaba un saco
de garbanzos en la balanza.

– Sí, pero ésta no la he probado nunca- reconoció Esther.- ¿Es nueva?

– ¡Ajá!- contestó la tendera-¿Te la llevas entonces?

– Es que sólo tengo dinero para el pan.

– Considéralo un regalo de la casa. Estas conservas están de oferta y son
sólo para clientes leales como tú.

– ¿De verdad?- dijo la niña con los ojos muy abiertos.-Gracias, señora
Electra. A cambio puedo venir a ayudarla cuando salga del cole.

– Trato hecho- afirmó la mujer limpiándose las manos en su viejo delantal
para tendérselas.- Verás cuántas cosas ricas podrás saborear.

– ¡Mañana a las cinco estaré aquí sin falta!- exclamó Esther imaginando el
festín.

– Así lo espero. Hasta mañana, locuela.

Y la niña salió corriendo con la sopa y con el pan para comunicarle a su madre
las buenas nuevas que fueron acogidas con entusiasmo por ésta. Y nuestra estrella se pasó las tardes disfrutando nuevas recetas, pues la vieja señora Electra sabía una barbaridad de pucheros mágicos.

¡Ah! los pies de Esther parecían tener alas cada vez que probaba un nuevo
manjar de dioses, hasta que un día se le escurrió de las manos un tarro de cristal
haciéndosele añicos y con él se estrelló también su gozo contra el suelo.

– ¡Si es que estás en las musarañas!- exclamó una clienta.- Si es que tienes
las manos de mantequilla. No sé cómo Electra consiente que una mocosa
como tú ande trasteando por aquí. Mira, ¡me has manchado el vestido!
¡Tendrás que pagarme la tintorería!

Al ver la angustia de Esther por lo sucedido, Electra la llevó al almacén para
hablar a solas:

– No hagas caso, querida. Lo que digan de ti no debe importarte. Fue un
accidente y punto.

– No, no, yo tengo la culpa, soy una patosa-gimoteó.- No valgo para nada.
Si no quiere que vuelva, lo comprenderé.

– Mi pequeña niña., eso no es cierto. Por favor, no te sientas inferior a
nadie. Bueno, tampoco superior. Recuerda, existe una ley que nos une a
todos. Somos el mismo espíritu.

– ¡Vaya con las leyes! – pensó- ¿Ésta será para apresar o para liberar?

– Ella aún no lo sabe porque está dormida-continuó la tendera creyendo ser
escuchada.

– ¿Dormida? ¿Lo dirá por mí?-se preguntó confusa.- ¡Vaya! Ya lo he hecho
otra vez ¡Si es que no sé dónde tengo la cabeza…!

– Pequeña, ¿me estás prestando atención?

– Sí, sí, que no me quede dormida.

– No me refería a ti, sino a la clienta. Aún no tiene conciencia de que somos
lo mismo…

– Ah, sí. La clienta…- repitió sin comprender pues estaba segura de que
cuando la regañó, tenía los ojos bien abiertos.

– Hemos de tener paciencia, respetar el proceso de cada uno,
¿comprendes? Anda, anímate- rogó la tendera estrechando a la pequeña
entre sus brazos.

– Gracias, señora Electra-imploró la niña algo más calmada. -Pero no
volveré a coger un tarro de cristal.

– La vida también es aceptar desafíos y si allá donde vayas sabes
mantenerte en calma, todo irá bien. No dejes que el vendaval de otros
arrase con tu paz.

Estas palabras le calaron tan hondo que decidió abandonar la cháchara y
guardar silencio de cuando en cuando para estar serena. Se volvió más
ordenada y puso especial esmero en vestir con sencillez cada acto de su vida
como decía esa sopa de sabor tan especial. Y donde la estrella estaba se
respiraba armonía, pues de sobra sabemos que el estado de alma también se
contagia.

AUTORA:
Blanca Castillo

Blanca Castillo, actriz, facilitadora de biodanza y escritora. Imparte cursos de crecimiento personal a través de la emoción y la toma de conciencia.

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